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Don Giovanni apaga el horno en Molina: la pizzería de Brígido Garres cierra por jubilación tras 35 años
La pizzería Don Giovanni de Molina de Segura ha cerrado por la jubilación de su fundador, Brígido Garres, después de 35 años. El local abrió en octubre de 1991, combinaba cocina italiana con tapas españolas y se
La pizzería **Don Giovanni**, una de las primeras que abrió en **Molina de Segura**, ha bajado la persiana. Su fundador y propietario, **Brígido Garres**, de **65 años**, ha cerrado el negocio hace pocos días para jubilarse, después de **35 años** al frente de los hornos. La despedida, según ha contado él mismo, se llenó de clientes que pasaron a darle la enhorabuena y a hacerse una última foto con las pizzas y con el pizzero.
El local funcionaba desde **octubre de 1991**. La idea había nacido unos años antes, cuando Brígido y su amigo Rafa frecuentaban la pizzería **Don Camilo**, en el centro de Murcia, y él se preguntó por qué Molina no tenía un sitio así. Dejó el empleo que tenía entonces y montó el restaurante junto a su mujer. El nombre es un homenaje a su padre, **Don Juan**.
De camarero a pizzero profesional
Garres tenía alguna experiencia en hostelería porque había trabajado de camarero en su juventud, pero reconoce que al empezar sabía poco de pizza. Para ponerse al nivel de un cocinero italiano se formó en la **Escuela Nacional de Pizza**, en **Gandía**, donde hizo cursos de amasado, condimentación e incluso acrobacia con la masa.
El volumen de trabajo explica la exigencia del oficio. En un día normal preparaba unos **12 kilos de masa**, el equivalente a unas **90 pizzas**, y en las jornadas fuertes el local llegó a vender **casi 200**. Durante años boleó la masa a mano, hasta que la edad le llevó a comprar una máquina para esa tarea.
Una carta italiana con acento murciano
Don Giovanni nunca fue un italiano al uso. En su carta, las pastas y pizzas convivían con tapas como los **calamares a la romana**, el **pulpo**, las **gambas al ajillo** o los **caballitos**, y durante una época el restaurante se anunció en la radio como un italiano con un toque de la tierra. Su dueño asegura que no había una sola pizza estrella, sino una docena; entre las más pedidas estaban la **rosana**, con salchichas, huevo y bacon, y la **cerdeña**, con cebollita, anchoas y pimientos.
El negocio también se ganó a la clientela por el trato. Cuando puso en marcha el servicio a domicilio, algunos vecinos aprovechaban el pedido para encargar tabaco, una barra de pan o leche, y él lo llevaba todo sin poner pegas.
Sin relevo en la cocina
El hijo de Brígido se interesó por continuar con la pizzería, pero su padre se lo ha desaconsejado: considera que la hostelería es un oficio muy sacrificado y no quiere que lleve la misma vida que él. Aun así, en su última publicación en redes sociales la familia se despidió de los clientes dejando caer que las buenas historias a veces tienen segunda parte, sin concretar más.
El cierre se suma a los cambios que vive el pequeño comercio y la restauración del municipio, que en los últimos meses ha tenido protagonismo con iniciativas como los premios a la mejor tapa o el Pasaporte Otoñal, y también con dificultades prácticas como la pausa de los tiques de aparcamiento gratis para los clientes de los comercios.
Para Garres, que ahora quiere sobre todo descansar, el balance de estas tres décadas y media es sencillo: todo lo bueno que le ha pasado en el negocio se lo debe a la gente que llenó sus mesas cada fin de semana.